HISTORIA DE LA CIUDAD DE GRANADA. PERÍODO PREISLÁMICO.

     

      Cuantas veces, en esas tardes invernales que nos permiten apenas un par de horas para la práctica de nuestra actividad deportiva preferida, hemos pasado, de regreso o camino hacia el socorrido Llano de la Perdiz, por las callejuelas del Albaicín; o la cuesta de los Chinos; o por el Sacromonte; o por los alrededores de la Alhambra. Y qué pocas, cegados por la idea de aprovechar el tiempo disponible en el Llano o, ya cuando la climatología nos permite alargar tiempo y kilometraje, hemos meditado sobre la belleza monumental que nos rodea y el pasado que encierran esos lugares. Pues bien, he indagado en lo que hay publicado últimamente sobre la temática de la historia del poblamiento en la ciudad de Granada y he elaborado este trabajo que analiza el pasado de nuestro núcleo poblacional hasta la conquista musulmana. Ciertamente, a esta desvalorización, contribuyó el fraude histórico que quiso cometer el padre Flores a finales del XVIII cuando, habiendo encontrado diverso material de lo que parecía parte del foro romano en unas excavaciones del barrio del Albaicín, cometió una serie de falsificaciones que han supuesto un lastre en la explicación de esa fase histórica del devenir poblacional de Granada. Hoy, superado por la historiografía tal hecho, se procedió a la revisión de parte de lo sacado a la luz por Flores.

    Además, nuevos hallazgos arqueológicos de diferentes tipos y época; estudios filológicos y numismáticos, junto con el análisis de las fuentes escritas clásicas nos permiten situar, para el siglo VII a.C., un asentamiento íbero en las márgenes del Darro como el primero que se puede atestiguar históricamente y que iría creciendo hasta ocupar las 15 hectáreas en el siguiente siglo.

       Pero antes hay que huir de tópicos. Y es que el esplendor cultural y económico de nuestra ciudad en el período islámico, llegando a ser la capital de un reino que abarcó la mayor parte de Andalucía Oriental y parte de la Occidental; también su legado monumental, foco hoy de atracción turística nacional e internacional y, por otra parte, la escasa divulgación pública de los períodos anteriores al musulmán han contribuido, de una u otra manera, a dejar en segundo plano todo lo referente a esas etapas anteriores de su historia.

 

    Ese sería el germen del poblamiento en nuestra ciudad. Este núcleo poblacional, denominado en íbero Ihverir o Ilturir (incluso otros topónimos según qué investigador), irá creciendo desde su emplazamiento inicial en torno a San Miguel Bajo y San Nicolás hasta ocupar buena parte de los hoy barrios del Albaicín y la Alcazaba, albergando éste una de las necrópolis de la ciudad. Se situaría en la encrucijada fronteriza de túrdulos y bastetanos, con lo que la adscripción cultural de la Granada íbera a cualquiera de ambos pueblos es de difícil atribución. El proceso de desarrollo del mundo ibérico en todas las tierras peninsulares limítrofes al Mediterráneo significó una transformación compleja de la antigua organización comunitaria del período anterior. En nuestro solar capitalino el cambio, lento y progresivo, hacia la urbanización o vida en ciudad, en primer lugar tendría que ver con un posible reagrupamiento de algunos asentamientos rurales del Darro y del Genil, en la fase final del Bronce, en uno de mayor extensión en torno a las colinas aludidas y, en segundo lugar, a los contactos con fenicios, quizás griegos y después cartagineses.

        Para el desarrollo de nuestra Ihverir en particular, las factorías fenicias de la costa malagueña y, sobre todo, granadina,  en especial Sexi (Almuñecar) y Salambina (Salobreña), será el catalizador de los cambios. Esta evolución no se basará sólo en el intercambio de productos, si no también, y sin duda más importante, de ideas.

      El topónimo Iliberri, para algún investigador de origen celta, no aparecerá hasta bastante después. Quizás en el periodo en que Cartago se hará cargo de la dirección del comercio de los asentamientos fenicios peninsulares. En el siglo IV a.C. la ciudad íbera vive su momento de mayor esplendor que se refleja en el lujo de los objetos hallados en las necrópolis; asimismo, a nivel territorial, ejerce un dominio sobre un territorio subsidiario con poblados como Loma Linda (Ogíjares), Cuesta de los Chinos (Gabia) y los Baños de la Malahá.

     Durante la fase de conquista y dominio Bárquida de la Península (finales del siglo III a.C.), poco se sabe de los avatares del oppidum (término con el que los romanos designaban los núcleos de población íberos) incluso podemos decir lo mismo del período bélico que enfrentó a romanos y cartagineses, sin saber con exactitud el papel que jugó Iliberri y a quién daría su apoyo. Algunos investigadores suponen que, al contrario que Ilurco, el otro oppidum de relevancia en la zona de nuestra Vega (Cerro de los Infantes de Pinos Puente) que apostó por Cartago, la ciudad del Darro lo haría por Roma beneficiándose de su actitud tras la victoria romana y, por ello, obteniendo los privilegios que la República otorgaba a sus aliados, entre éstos, la continuación como ceca independiente acuñando moneda. De ese momento, siglos II-I a.C., parecen ser el conjunto de siete monedas encontradas en las excavaciones de San José con la leyenda latina Florentia en el reverso. 

       Pero, llegados a esta fase histórica, es conveniente saber de la polémica que aún divide al mundo de la investigación histórica granadina referente a la ubicación física de la Iliberri romana: bien a los pies de Sierra Elvira, como consecuencia de la transformación del topónimo íbero en Elvira y de su mayor importancia como ciudad en época visigoda y en los primeros siglos de dominación musulmana  como Medina Elvira. Otros, en cambio, abogan por identificarlo con el oppidum de San Nicolás y darle continuidad histórica a dicho asentamiento. Personalmente y, vistos los más recientes trabajos y resultados arqueológicos, con ciertas precauciones, me posiciono con estos últimos.

     En el siglo I a.C. la ciudad se vertebra definitivamente como urbe romana al adquirir la categoría de municipio con el nombre de Municipium Florentinum Iliberitanum e inicia un proceso de transformación urbanística y social en cuanto a los cánones de una civitas romana. El antiguo oppidum y su solar continuarán albergando la Iliberis o Florentia romana (topónimo con el que también se le conocerá en este período) y su ager (territorio de explotación agropecuario) se extenderá por toda la Vega como atestiguan las diversas villas que se han encontrado. 

      El foro iliberritano, espacio físico vital de la urbe romana, sede de los principales organismos administrativos y religiosos, estaría situado dentro del actual Carmen de la Concepción y aledaños, donde se han recuperado importantes inscripciones y materiales que lo acreditan. En cuanto a sus habitantes, se inscribieron dentro de la tribu Galeria y la élite iliberritana daría, en posteriores generaciones, hombres en puestos de relevancia de la administración imperial. A pesar de todo ello Florentia no dejaría de ser una ciudad de segunda categoría en Hispania, incluso por debajo de otras de nuestra actual provincia como Acci (Guadix) principalmente, incluso Basti (Baza), pues éstas se incrustaban en un ramal secundario que acortaba el trayecto desde la Jaén romana, por donde pasaba la Vía Augusta, a Cartago Nova, el principal puerto de Hispania y, por tanto, se beneficiaban de su posición estratégica en este vital nudo de comunicaciones.

 
      La fase de decadencia del Imperio y de su sistema político, administrativo, social y económico traería consigo, también, el lento y efectivo cambio religioso hacia el Cristianismo y su  dominio  de las estructuras de un Estado debilitado y, por otra parte, a inicios del siglo V, las primeras invasiones en  el solar hispano de pueblos bárbaros.

     En cuanto al fenómeno último, la zona de la Bética a la que pertenecía Iliberis, durante un período breve de tiempo estuvo en poder de los vándalos silingos que pronto sucumbirían a la presión visigoda que se harían dueños de todo el territorio peninsular. Los conocimientos sobre el devenir de Iliberis visigoda son escasos y entre ellos podemos destacar que la ciudad acuñó moneda entre los siglos VI-VIII. A nivel arqueológico parece sufrir una fase de pérdida de población y decadencia a favor de la ciudad a pies de Sierra Elvira, que no quiere decir de total despoblamiento, y que hará que los invasores árabes optaran por su asentamiento en Medina Elvira (cerca de Pinos Puente) y no en la ciudad del Albaicín, lo que ha generado la controversia en cuanto a la realidad histórica de la Granada romana y su continuidad..

      En cuanto al escenario histórico religioso decir que tuvo lugar, a principios del siglo IV d.C. el concilio de Elvira o de Iliberis, que congregó a 19 obispos de toda Hispania y que aprobó 81 cánones sobre la vida religiosa y eclesiástica de los cristianos españoles en vísperas del definitivo triunfo del Cristianismo en el Imperio. Se sabe que la urbe continuó manteniendo sus instituciones religiosas pues enviaba representantes a los Concilios toledanos.

      En ese primer Concilio en tierras hispanas se trató también el problema judío, pues una de las principales aljamas hispanas era la de Iliberis, situada en un arrabal del actual barrio del Realejo, conocido en tiempos islámicos como Garnata al-Yahud y que posteriormente dará, según algún investigador, tras su transformación lingüística el topónimo de la actual ciudad. La comunidad hebrea granadina, al igual que todos los judíos hispanos, vivirán una persecución de tipo legal y físico, con episodios violentos de muertes y saqueos que esporádicamente se sucedían por el territorio visigodo dinamizados por dos factores: el clima de exaltación religiosa tras la abjuración del arrianismo por Recadero y la decadencia económica de la época. No será de extrañar que, en el curso de las tradicionales rencillas dinásticas por el poder, los hebreos hispanos apoyasen a las tropas musulmanas que llegaron (inicios del siglo VIII) para ayudar a una de las facciones en lucha pero, pronto cambiaron de actitud para instalarse en el territorio del reino visigodo y acabar con éste.